domingo, 17 de marzo de 2013

La sinceridad del hipócrita



Multitudes que marcan sus huellas por donde intenta avanzar, un pequeño número de ellos le acompañarán a lo largo de la senda. Más pequeña será la cifra de los que merezcan su atención. 

Es, cuando menos, curioso que una persona forme parte de su día a día y ni siquiera se digne a darle los buenos días en un encuentro periódico se convierta de repente en aquella persona en la que, según intenta hacerle creer, debe usted depositar toda su confianza; eso sí, sólo cuando en su vida acontezca algún hecho que lo convierta en una persona de interés para este sujeto.

Y sobre este factor quería hablarles hoy: ¿preocupación o morbo?

El que una persona se preocupe por otra no es nada negativo en principio; el sujeto “preocupante” puede encontrar algún nuevo sujeto “preocupado” que le preste su más sincero apoyo, alguien que muy probablemente termine siendo una amistad, si no de las que merecen la pena, de esas a las que muy de vez en cuando se las invita a cenar al hogar propio. Claro está que para cada hecho existe un matiz algo negativo que, aunque no siempre, puede manifestarse. Hablamos del cotilla con piel de preocupado, aquel a quien, lejos de importarle cómo se sienta el preocupante, le va a preguntar al mismo no sólo cómo se siente, sino qué es lo que ha pasado; y pedirá al pobre desdichado tantos detalles que lo hará sentirse como en un auténtico interrogatorio de tercer grado. Esta figura no quedará satisfecha con su propia opinión de los hechos traumáticamente extraídos de la boca misma del protagonista, sino que necesitará cotejarla con la de terceras, cuartas, quintas y vigésimas personas para asegurarse de que, efectivamente, lo ocurrido a la persona “X” es una gran “putada”.

De estos dos grupos, solamente uno no les juzgará ante otros: el “preocupado”; es más, puede que sólo ustedes lleguen a conocer la opinión de este peculiar y escaso sujeto, pues ante cualquier persona ajena a la conversación jamás sabrá una palabra de su conversación. Sin embargo, la otra clase de persona de la que hablamos carecerá de discreción, no, fingirá que mantuvo la boca cerrada hasta que le sea imposible negar su falta de confidencialidad y luego les juzgará a ustedes por haber confiado en él un asunto tan importante y jugoso como el que les habían confiado; y, por supuesto, también acabarán descubriendo que el supuesto “amigo” no solo reveló su pequeño secreto, sino también la opinión que él tenía sobre usted.

No todo el mundo pertenece a un grupo ni todo el mundo pertenece al otro, pero sólo la experiencia y nuestro buen criterio puede ayudarnos a diferenciar entre ambos, crear un núcleo de fieles amistades y disfrutar de buena compañía durante el tiempo que dure.

¿Mi consejo? Sean conscientes de la importancia que representa granjearse una amistad fiel y sincera, imaginen ya un grupo entero de esta más que escasa clase de personas. La comprensión y el afecto necesarios para mantenerlos junto a nosotros no es un precio alto, alguna que otra experiencia dura no es un precio alto, es sólo la misma moneda que se le debe devolver a quien tanto bien les ha hecho o les está haciendo. Mantengan cerca de ustedes a estas grandes amistades, perdonen cuando sea necesario y discutan hasta solucionar cualquier malentendido, pues cualquier trago amargo merece la pena sólo por los miles tragos dulces que fueron y serán.






2 comentarios:

  1. Puf, pero estamos hablando del clásico rol por excelencia del grupo de colegas; uno puede juntarse con un grupo de treinta personas que se lleva bien, pero luego es con dos o tres personas muy concretas con quien se queda uno en unos blancos alejado de los diálogos de besugos. Los palos te enseñan a distinguir...

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    1. Lo peor es que no se puede cortar el contacto con el grupo porque este par de personas se lleva bien con otro par que a su vez se lleva bien con otro... y así hasta que se juntan el ciento y la madre.

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